El día tan esperado de la toma del Santo Hábito llegó, su familia fue notificada, y el 18 de mayo de 1912, antes de las siete de la mañana, ya estaba en el oratorio.
Con atuendo de novia, Magdalena, avanza en la procesión. El coro canta “Veni Sponsa Christi”.
Después de la Santa Misa, el padre Leonardo Martínez, O.F.M., interroga a las postulantes:
- ¿Qué es lo que pedís?
- Hacer penitencia y salvar mi alma – ellas contestan.
- ¿Queréis perseverar en el estado que habéis elegido?
El “sí quiero”, de Magdalena, aunque con voz suave, lo escucharon perfectamente la señora Patlán y sus hermanos.
El celebrante entona el Veni Creator Spiritu, el que prosigue el coro. Las postulantes se postran, hasta tocar, con sus frentes, el suelo. Una lluvia de pétalos blancos las cubre, indicando que mueren al mundo para resucitar con Cristo.
El sacerdote va depositando en una charola, gajos de su cabellera diciendo, junto con Magdalena: “El Señor es la porción de mi herencia y de mi cáliz. Tú eres el que me restituirás mi herencia”.[2]
El traje de novia es sustituido por el burdo sayal con el cordón franciscano, siente que le acomodan la toca sobre //su cabeza y el velo blanco con la cruz negra y se dice a sí misma: “esto es lo que yo deseaba”.
Por último el sacerdote le dice:
- “Hija, en lo sucesivo no te llamarás María Patricia Magdalena, sino Sor Humilde del Niño Jesús”.
La madre María del Refugio de la Pasión Urbina, maestra de novicias, con gran esmero cultivaba el alma de las novicias en el fervor y amor al Santísimo Sacramento, manifiesto de día y de noche, y en el espíritu franciscano.
Sor Humilde se siente feliz, está dispuesta y quiere desempeñar los oficios más humildes.
Después del desayuno, la madre maestra lee la tabla de oficios:
- Sor Humilde, – dice la maestra – dará clases a las niñas del asilo, será hebdomadaria, dirigirá las ceremonias en la capilla y tomará clase de música.[3]
Ella acepta, diciendo interiormente: “Jesús mío, quiero lo que tú quieras, estoy en tus manos”.
En el recreo dialogan tres hermanas novicias.
Sor Serafina Fernández, ya próxima a profesar, dice a Sor Concepción Díaz de León:
- Procure tomar ejemplo de Sor Humilde, en verdad hace honor a su nombre.//
Yo me he fijado que es muy mortificada – dice Sor Francisca Cruces.
- Además - dice Sor Serafina –, guarda muy bien el silencio. A mí me cuesta tanto esa virtud...
- A Sor Humilde todo se le facilita pero, sobre todo, tiene mucha caridad. A mí me enseño, con mucha paciencia, a rezar el oficio – interviene Sor Concepción.
Termina el recreo y Sor Serafina y Sor Humilde pasan a la otra vivienda, a dar clases a las niñas del Asilo.
Sor Humilde lleva la mandolina en la mano. A las chiquillas se les ilumina la cara cuando la ven llegar, e inician las labores cantando:
A trabajar, con mucho placer a trabajar.
El día amanece, canta alegre el ruiseñor,
es el vivir espléndido don sin par
que se nos da para trabajar.
Después de trabajar con ahínco las alumnas le dicen:
- Sor, ¿no vamos a ensayar la pastorela?
- Desde luego, ya está muy cerca la Navidad.
Ella se esfuerza por el cumplimiento de la Santa Regla y en la práctica de la presencia de Dios y, con gran ilusión, espera el día de su profesión para ser esposa del Cordero Inmaculado.//
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