CON SU FAMILIA EN PERALVILLO
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Como
madre, la señora anhela que regrese al internado, pero accede a su petición.
Con
su hermana espera a la entrada de la fábrica, saca su libro de lectura y
Cipriana le dice:
- No seas tan aburrida.
-
En la calle no podemos jugar – le contesta con voz suave. //
- ¿Por qué no te diviertes mirando
lo que pasa?
Magdalena
se dirige hacia la puerta que se acaba de abrir, Cipriana corre a alcanzarla.
Así
sucedían los días, los meses y los años, y Patricia Magdalena se iba poniendo
más bonita.
Ella
y su madre, aunque con muy pocas palabras, se comprenden admirablemente.
- Mamá, siento deseos de hacerme
religiosa.
- Tenemos que pedirle mucho a Dios.
El te hará ver su voluntad.
El
17 de febrero de 1911 volvió a decir a su mamá:
- Siento que Dios me llama a la vida
religiosa.
-
¿Con las Carmelitas?
- No, con las franciscanas que viven
aquí en Peralvillo.
- Sólo te pido una cosa - respondió la señora –, que tomes un año para reflexionarlo.
- Está bien mamá.
E inmediatamente anotó, en su libretita, la
fecha.
Se
muestra contenta, ayuda en todo lo que puede a su mamá y a sus hermanos. Aunque
con su hermana no // coincide en muchas cosas, ella, con su buen humor y,
prudencia, sabe salvar las diferencias.
Cuando
va a misa, los domingos, escoge el vestido más bonito y porta el rebozo con tal
gracia y elegancia que doña Cruz llega a pensar, que la vocación religiosa de
su hija fue una ilusión pasajera, ya que el primer mes del año está por
finalizar.
Doña
Cruz está sentada, remendando ropa de Zeferino; Magdalena se acerca a ella y le
dice:
- Mamá, mañana es el día en que
tengo que ingresar al convento.
- ¿Mañana? – dice extrañada doña Cruz.
- Sí, mamá, mañana se cumple el año.
¿Lo recuerdas?[1]
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